El rey ordena que nadie los albergue mientras pasan hacia la frontera, por ejemplo en Burgos; por nobleza el Cid se niega a aposentarse por la fuerza en una posada y acampa a las afueras.
El Rojo representa a Dios y el negro a los hombres.
El cuaderno es rojo porque Dios es omniscio, y representa una época personal o Histórica, ya que identificamos Macrohistoria con Microhistoria o historia personal.
El cuaderno está escrito en negro porque la Historia no se escribe sola. La escribimos los hombres.
Y, por último, la coma roja representa la intercesión de Dios en la Historia.
Ciclo insularRejas en mi ventanaStill Moving SinewsAsimetríaCueva interiorAuroraGrosse FugeCon V de IngenioEstáticaPorque triángulosRetribuciónInsanity’s Crescendo90Nirvana97
Breve recordatorio. El Teísmo, como postura Filosófica y/o Religiosa, consta tan sólo de tres creencias.
A saber:
Hay un Ser Supremo. Un Dios. Uno.
Dicho ser supremo es el creador de la existencia y se creó a sí mismo.
Dios interviene Históricamente en el gobierno del Universo. (Distinción con Deísmo).
A esto ya añadí varias creencias que son mías y que no están incluidas en las tres del Teísmo.
Hoy añado un punto acerca de la Justicia Divina:
No sólo hay una “Balanza”. La justicia a veces es terrenal y otras no. Dios tiene en cuenta no sólo nuestros actos (…) Sino además las circunstancias y experiencias que los motivaron o condicionaron.
Clara entraba por el patio con su padre a su portal, el Siete. Por la ventana del tendedero del bajo, pudo ver a Víctor.
Víctor tenía fama de loco. Se la había ganado. Nunca había sido violento, consumió drogas en la adolescencia, había sido ingresado muchas veces, tomaba medicación y sufrió una desmedida violencia.
Víctor nunca se molestó en ocultar nada de esto, si bien tampoco lo pregonaba. Definitivamente estaba loco.
Clara sabía algunas cosas de Víctor, le había estado observando a escondidas: preguntas casuales, contrastar rumores, cotilleos varios en redes sociales. Todo valía.
Sabía que Víctor empezó el Grado de Filosofía, pero fue en el primer año cuando debutó su enfermedad. Sabía que compartía la fama de loco con la de artista aficionado. Nunca llegó a ver ninguna de sus obras, pero no se atrevía a pedírselo.
Le sabía noble, le sabía inteligente, le sabía atractivo. Y se sabía atraída sexualmente por él.
Víctor la observa por la ventana de su tendedero. Tendrá unos veinte. Es rubia y muy atractiva. Ni siquiera sabe si vivirá en el tercero o en el ático, pero sí sabe que tanto sus ojos como su voz reflejan inteligencia.
Sería tan fácil: abrir la puerta: “Sé que no me conoces, pero yo sí quiero conocerte a ti”.
Pero ahí entran en juego las veces que se sintió en ridículo por pedir amor, ahí entran en juego demenciales normas de convivencia sociales, las que hacen que Víctor se vea obligado a imaginar qué puede pensar Clara de él, si es que ese es su nombre, si ese día la vio. Si es que si quiera existiera.
Pero hay cosas que sí existen: Existen personas como Clara, y existen personas como Víctor, y existe la verdadera y absoluta locura (anti)social de que llamemos muertas a cosas a las que no les estamos dando la oportunidad de nacer.